miércoles, 19 de octubre de 2011

Por quien al Lacio el ateniense envidia

Hoy hemos hablado en clase de Literatura Universal de poesía latina. Decíamos que la literatura latina, que tanto debe a la griega, la supera sin embargo en el terreno de la poesía lírica: en ese enorme florecer que representó la obra de los tres gigantes: Virgilio, Horacio y Ovidio; pero también de Propercio, Catulo e tutti quanti.

Esta idea la sintetiza de forma inmejorable el par de versos que cierran la segunda estrofa de la Epístola a Horacio que pergeñó el joven Marcelino con veinte añitos muy precoces. Las dos primeras estrofas del poema rezan así:

EPÍSTOLA A HORACIO

Yo guardo con amor un libro viejo,
De mal papel y tipos revesados,
Vestido de rugoso pergamino:
En sus hojas doquier, por vario modo,
De diez generaciones escolares,
A la censoria férula sujetas,
Vese la dura huella señalada,
Cual signos cabalísticos retozan
Cifras allí de incógnitos lectores,
En mal latín sentencias manuscritas,
Lecciones varias, apotegmas, glosas,
Escolios y apostillas de pedantes,
Innumerables versos subrayados,
Y addenda y expurganda y corrigenda,
Todo pintado con figuras toscas
De torpe mano, de inventiva ruda,
Que algún ocioso en solitarios días
Trazó con tinta por la margen ancha
Del tantas veces profanado libro.

Y ese libro es el tuyo, ¡oh gran maestro!
Mas no en tersa edición rica y suntuosa,
No salió de las prensas de Plantino,
Ni Aldo Manucio le engendró en Venecia,
Ni Estéfanos, Bodonis o Elzevirios
Le dieron sus hermosos caracteres.
Nació en pobres pañales: allá en Huesca
Famélico impresor meció su cuna:
Ad usum scholarum destinóle
El rector de la estúpida oficina,
Y corrió por los bancos de la escuela,
Ajado y roto, polvoroso y sucio,
El tesoro de gracias y donaires
Por quien al Lacio el ateniense envidia
.

Menéndez Pelayo, 28 diciembre 1876

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